CATALUNYA: A ROMPER LAS CADENAS

Un matrimonio votado al fracaso. Amor relámpago y luego tres siglos de oscurana. Una unión de demasiados candados, desconfianzas, resentimientos. Una larga labor de parto destinada a no engendrar ningún futuro. El tiempo, según España, habría hecho florecer el amor de patria en los tercos catalanes, junto a una política de represión y garrote fácil. Pero no fue suficiente.En los años treinta del pasado siglo, el rechazo catalán a la dominación española se concretó con la adhesión a las filas de los republicanos antifranquistas. Barcelona fue el último baluarte a resistir al ejército español. Luego la dictadura, en lugar de buscar un dialogo, visto que en contra tenía casi la totalidad de la población, apretó aún más la tuerca de la coerción. El idioma catalán fue prohibido, todo disenso perseguido sin piedad. Si Catalunya no quería ser España, Francisco Franco habría implementado todos los medios posibles para torcer el cuello a cada aspiración de libertad que pudiera salir de la boca de los catalanes. Luego la escuela, los desfiles militares, la televisión, los medios de comunicación en general terminarían educando ese pueblo rebelde. El Caudillo se ensañó con particular vehemencia justo con “los polacos” (como le llaman despectivamente los españoles a los catalanes por considerarlos barbaros, por ser su idioma a ellos incomprensible) por haberlo traicionado. Habían tenido la osadía de irse con los rojos, los comunistas, y soñado de tener una patria propia. Imperdonable. Inadmisible. Injustificable.

Pero la altanería rebosaba en las venas del régimen que se creía el digno sucesor de aquel imperio colonial que ya iba en añicos mientras ya había perdido todas sus colonias. La típica arrogancia del gigante que no quiere aceptar la miseria de su presente. La soberbia de quien no puede tolerar la desobediencia. Pero Franco no tenía duda: quien traicionó una vez, lo hará siempre. Única solución, apretar las cadenas. Pésima decisión: el rencor de los catalanes no hizo más que crecer.

En 1978, una dictadura agónica promete la democracia, luego de décadas de tiranía franquista, junto a un margen mínimo de autogobierno. Pero, como contrapartida, decreta la imposibilidad de gestionar consultas nacionales sobre temas separatistas. Este veto se ha convertido en uno de los fetiches más sagrados del mundo conservador español, celoso de la unidad del país. 

Año 2006: un Estatuto autonómico, norma suprema a nivel regional, fue aprobado por el Parlamento español. El texto recogía parte de las demandas autonomistas. No obstante, el Partido Popular de Rajoy pidió que se lo declare inconstitucional. El 28 de junio de 2010, en un fallo dividido, el Tribunal Constitucional declaró la inconstitucionalidad de 14 artículos. Así comenzó el conflicto que fue escalando hasta estallar en la crisis actual.

Año 2017: Referéndum por la independencia. Madrid lo declara ilegal. Y desencadena la Guardia Civil contra una marea de ciudadanos que tranquilos iban a votar. Los uniformados sueltan una ola de violencia que la civilizada Europa ni podía imaginar. Golpean a ciegas: hombres, ancianos, mujeres. Estas últimas son hasta objeto de molestias sexuales. El amo estaba molesto.

Luego el Jefe del Gobierno español en lugar de recapacitar y pedir disculpa por un uso desmedido de la fuerza, digno de una dictadura latinoamericana de los años ’80, amenaza al Presidente de la Generalitat, Puigdemont, si no pide disculpa (¡él!), de quitar a Cataluña hasta la autonomía y enviar el ejército. Y la escalada de medidas represivas sigue.

¿Cuáles serán las absurdas razones que impulsan Cataluya a pedir la independencia?

1) Con un PIB de 250 mil millones de dólares, Cataluya es la región más rica de España en términos nominales. Esto también explica que el gobierno de Rajoy no esté dispuesto a perder una fuente de ingresos tan importante. 

2) Catalunya representa el 23,4% de toda la producción efectiva de España y su PIB es del 19%.

(Andalucía el 11,6% (13,4%), País Valencia el 10,6% (9,4%)). Solo en 4ª posición Madrid con el 8,4% del comercio de bienes y un PIB del 18,8%. En otras palabras, Madrid comercia por el 8,4% y tiene un PIB del 18,8%… Alguien le regala esos 10 puntos de más… 

3) Con exportaciones por 75 mil millones de dólares, Cataluña es, con mucha ventaja, la región que más vende. La que más se le acerca es Madrid, con 33 mil millones, bastante menos de la mitad.

4) En cuanto a inversión extranjera Madrid sola concentra el 46,7% del total. Los 1.000 millones de dólares que se invierten en tierra catalana representan apenas un 18,9 por ciento. La Generalitat está convencida de que siendo independiente podría volverse un destino mucho más atractivo.

5) La tierra catalana produce el 20% de la riqueza, paga el 24% de los impuestos y recibe el 10% del gasto público. Ligera desproporción…

6) Catalunya tiene un 13,2%, de desempleo contra el 17,2% de la media nacional. Si fuera independiente la parte de sus recursos que se van a Madrid podrían terminar subvencionando las ayudas sociales y hacer reformas que le permitan dinamizar aún más la creación de trabajo.

Los otros 50 y a saber más descabellados motivos los omitimos por razones de espacio. Pero los seis primeros ya dan un panorama bastante claro.

 Finalmente hay una lógica elemental que rige y justifica las aspiraciones independestistas de los catalanes: donde hay un idioma hay un pueblo, donde hay un pueblo debe haber su sagrado derecho a decidir su propio destino.

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El Ocaso de los Dioses

En esta nueva rubrica intentaré llevar a la luz todo lo que no se ha dicho (voluntariamente, por lo tanto mintiendo) sobre figuras que la sociedad global, o una buena parte de ella, ha llamado santos, héroes, grandes personalidades.El desfile de personeros laicamente beatificados es muy largo: Barack Obama, Nelson Mandela, Yasir Arafat, Kofi Annan, Che Guevara, Rigoberta Menchú, Simon Peres, Isaac Rabin y un infinito etcétera de iconos santificados por la globalización mediática y asumidos sobre los altares por un público cada vez menos crítico.

Pero nosotros en Patria Exacta vamos a poner el dedo en las llagas ocultas. Con hechos. Los más desagradables a los oídos de quienes quieren que el público conozca solo lo que los amos del sistema aprueban.

 NELSON MANDELA (Y SUS AMIGOS)

Nelson Mandela, el padre de la lucha contra la segregación racial en Sur África, se apagó serenamente en su cuarto rodeado por sus familiares. Tenía 95 años. Fue el héroe de la batalla contra el apartheid en su país y obtuvo el premio Nobel para la paz en 1993. El presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma anunció su fallecimiento y declaró el luto nacional. “Nuestra nación perdió un gran hijo”, fue otra parte de su panegírico para ensalzar la figura mundial de “Mandiba”, el sobrenombre de Mandela que deriva de su clan de pertenencia. 

Uno de sus mayores admiradores y que siempre lo apoyó fue el ex presidente de EE.UU. Barack Obama. El demócrata, que del politically correct es la esencia, últimamente, después de lo ocurrido en Charlottesville, donde falleció una mujer víctima de un atropello en una marcha de supremacistas blancos, volvió a incomodar el líder africano usando una su frase en las redes sociales: “Las personas deben aprender a odiar y si pueden aprender a odiar, pueden ser enseñados para que amen. El amor llega con más naturalidad al corazón humano que su contrario”. A saber, creo que sobre lo obvio de tales palabras encontró la aprobación hasta de los mismos supremacistas.

Pero demos un paso atrás. En 20 años de poder negro, antes Mandela luego Jacob Zuma, el Suráfrica sigue siendo uno de los países con más desigualdades en el mundo. Si es cierto que los negros han conquistado los derechos civiles entre ellos la tasa de paro es del 39%, mientras es 8,3% la de los blancos, que ganan 5 veces más y representan el 70 % de los managers. Las promesas de Mandela, a sus conciudadanos, y repetidas en todos los convenios alrededor del mundo, eran otras. 

Si se mira bien adentro de la economía del coloso africano se nota que la “revolución” de Mandiba fue una burbuja que explotó antes de empezar. Con los derechos civiles no se llevan platos a la mesa ni se pagan hospitales y escuelas. Pero Mandela no dudó en negociar, bajo la mesa, con los blancos: para él y su camarilla el poder político, a los ex racistas el económico. Pero la política produce gastos, crea burocracia, aparatos inútiles para dar trabajo a cambio de votos… y los resultados dicen que hoy el país se enfrenta a muchos desafíos: corrupción, falta de mano de obra cualificada, carencia de infraestructuras (sobre todo en el sector energético) y criminalidad.

Algo que sí funcionó y sigue prosperando es la marca Mandela. Su fundación tiene 66 marcas registradas entre «Mandela», «Madiba» y «Nelson Mandela», con derechos sobre joyería, numismática, mobiliario, servicios financieros o ropa. 

Es la segunda marca más conocida después de Coca-Cola. 

Su número de preso, el 46664, figura hasta en una línea de vestuario. Su familia ha iniciado ya la batalla para hacerse con sus derechos de autor y de imagen, que se disputan con los administradores de sus fundaciones y fondos patrimoniales, que el expresidente sudafricano había elegido en vida.

Una fortuna digna de un faraón: la familia Mandela posee hasta 110 empresas activas y una fortuna repartida en 24 fondos. 

La hija de este símbolo viviente, Makaziwe, la más adinerada, con un patrimonio cercano al millón de euros, forma parte del consejo de 16 corporaciones, entre las que se encuentra la multinacional suiza de la alimentación Nestlé.

Criminalidad, otro dato que es mejor esconder: 50,000 homicidios por año (incluyéndose negros contra negros, proporcionalmente, 8 veces más que en Estados Unidos). Si se añade que la nueva legislación creada por el ANC (African Nacional Congress, el partido de Mandela), que prohíbe a los blancos ocupar numerosos puestos de trabajo, ahora reservados a los negros, está empujando a miles de blancos a abandonar el país. Desde el fin del Apartheid en 1994 hasta la actualidad ya han emigrado casi un millón de ellos.

Terminado su glorioso mandato Mandela heredó el país al actual presidente, Jacob Zuma, amigo y ex compañero de lucha. Y este no parece tener el alma pura de un guerrero. Fue acusado de abusos sexuales contra una mujer contagiada con SIDA en 2005, pero fue absuelto. Luego tuvo que enfrentar una importante lio legal debido a numerosas alegaciones de corrupción y crimen organizado. Su asesor fiscal, Schabir Shaik se le señaló por sobornos y fraudes. Finalmente, el 6 de abril de 2009, la Fiscalía Nacional sudafricana decidió retirar los cargos, alegando interferencias en la vida política del país. Lógicamente los medios de todo el mundo, mientras todo esto sucedía, eran distraídos por otros eventos.

Y seguían distraídos cuando en 2009 Canadá, renombrada democracia, concedió asilo político a a nada menos que un blanco, Brandon Huntley, de 31 años, originario de Ciudad del Cabo, por haber sido víctima de violencia racista por parte de su connacionales negros. Este denunció que desde el fin del Apartheid a la fecha (2009) eran casi 2,500 los granjeros de origen blanco que habían sufrido todo tipo de violencia por manos de los secuaces de Mandela. La cifra fue confirmada por la comisión para los Derechos Civiles del Suráfrica, implantada y querida por el mismo Mandiba en 1995. Además un informe publicado en junio del mismo año, señalaba un incremento del 25% de los casos de homicidio contra los surafricanos blancos en los últimos cuatro años, al punto que “Genocide Watch”, una organización internacional con base en EE.UU, habló explícitamente de genocidio a daño de los Boers, termino holandés por indicar los farmers, los ganaderos que en el siglo XVIII colonizaron buena parte de la región.

Por cierto, que el gobierno de Johannesburgo desmintió categóricamente. La historia ya está escrita: es pasado no se puede poner en tela de juicio y el presente hay que filtrarlo para que hechos desagradables no ensucien el buen nombre de uno de los santos laicos más alabado en el mundo.

 A saber si el “País del arcoíris” que Mandiba soñaba era exactamente este.

Democracia para América Latina: como dar Perlas a los Cerdos

La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes. – Winston Churchill

 Esta es seguramente una de las frases más famosas del Primer Ministro que dirigió el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un ferviente antinazi y un visceral anticomunista, cualidades que le otorgaron la admiración de todos los liberales y demócratas del mundo. 

Han pasado más de 70 años de que esas palabras fueron pronunciadas y quizás valdría la pena analizarlas a la luz de la modernidad quitándoles ese manto de santidad que se le confirió por más de medio siglo. 

Enfocamonos sobre América Latina. Han pasado casi tres décadas desde que los militares salieron de las casas presidenciales y de los ministerios y volvieron a los cuarteles. Los civiles, pero pocas veces civilizados, se apoderaron del mando del Estado por medio de elecciones. Entramos en la era de la democracia. Un hombre, un voto. Así, casi de la noche a la mañana pueblos enteros fueron a hacer lo que casi nunca le fue permitido: elegir a quien tenía que representarlos.

Los protagonistas de este épico cambio, pensadores, políticos, filósofos incomodaron a todos los mejores y más destacados teóricos de la democracia para festejar un porvenir de progreso y bienestar: Locke, Aristóteles, Abraham Lincoln, Tocqueville solo por nombrar algunos.  

Han pasado tres décadas, casi. En El Salvador, como en casi todo el continente, los partidos políticos han perfeccionado sus mecanismos de desarrollo democrático. Los votos se logran con cancioncitas pegajosas, promesas demenciales, bombardeo publicitarios, distorsionando el uso de los medios de comunicación. Y por si todo esto no es suficiente, se compran: dinero, promesas de un puesto seguro en la administración pública; a veces es suficiente un combo de hamburguesas, uno de Pollo Campero o un par de láminas para reforzar el techo. 

Los partidos que no tienen los recursos (económicos) para atraer el votante, juegan al rol de oposición esperando siempre que el ganador les ofrezca un huesito, un poco de sobra a cambio del apoyo para hacer pasar alguna ley-canallada. Estamos en democracia, la hora de compartir el pastel. Es la época de la tolerancia: antes unos pocos uniformados se robaban todo lo que le pasaba bajo la nariz mientras encarcelaban a los opositores. Hoy los que participan del saqueo público son un sinfín de funcionarios, pero muy altruistas: hay que dejar algo también a los demás organismos políticos. Saben que a la siguiente vuelta electoral podrían invertirse los papeles. Pero a la mesa hay que añadir más sillas. También al crimen organizado (Maras aquí, Paramilitares y Farc en Colombia, Zeta y Carteles en México, etc.) le toca su parte. Porque democracia es participación, pluralismo. 

Gran logro la democracia. A principio de 1700 la defendía a capa y espada uno de los más notables filósofos europeos, el suizo Jean Jaques Rousseau. Pero hablaba desde la Republica de Ginebra donde las personas votaban en la plaza principal levantando las manos. La mayoría de ellos eran personas instruidas, civilizadas, educadas, con un fuerte sentido de la comunidad, del respeto, de la cooperación y del bien común. ¿Hoy existe algún lugar de Latinoamérica donde los que van a emitir sufragio reúnen, por los menos, la mitad de estas cualidades?

Lo que está a la vista, de quienes quieren ver, es que democracia y sociedades latinoamericanas son mundos opuestos y no conciliables. Como agua y aceite. Miremos a El Salvador: la política nacional es una tarima donde un grupo de partidos escenifica un miserable circo de cotidiana inutilidad. Muchos pensadores/intelectuales indignados apuntan el dedo hacia los mismos partidos, responsables de tal desastre. Demasiado simple, demasiado fácil. Acá, como en cualquier lugar del mundo, los políticos y sus instituciones son el reflejo de la sociedad, una creación de ella, una deformación moral e intelectual que los ciudadanos mismos validan días tras día por medio de su conformismo, de su manera de ser desfachadamente indolentes y apáticos, de su voto. Porque un circo sin espectadores que aplaudan, vitorean, silban, se enojen o festejen no podría continuar. Cerraría.

“Pero las encuestas dicen que la mayoría de los ciudadanos no cree en los partidos políticos, no confía”, alguien podría afirmar. Es cierto, la gran parte de la población hasta critica el sistema… ¿Pero cómo? Con unas llamadas telefónicas a los programas televisivos o radiales, atiborrando las redes sociales con posts de dudosa coherencia y con una gramática de primer grado. Simplemente despotricando insultos o lloriqueando en los medios de comunicación, gloriosas columnas de nuestra fantasmal democracia. El malestar ciudadano contra el poder y la política llega hasta ahí. Un vacío palabrerío estéril, como el de los políticos adentro de los parlamentos. Castillos de discursos, de razonamientos (¿?), de pseudo ideas que al final logran parir la nada elevada al cubo. Un simple ejercicio de la lengua y de la mandíbula. 

No obstante, para muchos “iluminados” también todo esto es democracia. Quizás sea cierto, pero igualmente indiscutible es que soltar palabras en libertad no sirve para cambiar el rumbo desastroso de nuestros sistemas sociales y políticos. Peor, acaban consolidando y validando el poder que dicen despreciar pero al cual terminan siempre doblegándose. Ya no son ni ciudadanos, son simples súbditos de una tiranía incompetente e ineficaz. Son burros que patean furiosamente, pero sin golpear a nadie, y que al final agachan siempre la cabeza. No merecen ni el título de ciudadano, porque esta es una cualidad que es ganada. 

Para mientras los políticos viven despreocupados, se sienten tranquilos en sus edificios ministeriales, saben que si bien el pueblo parece alterado, o hasta enojado, es como perro que mucho ladra pero seguro no muerde. Le faltan dientes, y coraje. 

Luego llegará el día de las elecciones y los profesionales de la política se pondrán el traje bueno, los zapatos para el culto, sumirán la barriga, unos medio se estirarán la cara, sonreirán con ojos bondadosos y se alistarán a pararse sobre la tarima del circo. Distribuirán dulcesqñ, algún billete, estrecharán manos (las que consideran no demasiado sucias) y jurarán que lucharán para la democracia.

Esta promesa es la lápida que cubre toda esperanza de cambio. Pero hay algo en que la democracia es coherente y honesta: es el medio que demuestra que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Porque lo votó.

Pandilla, Marx y Libre Mercado

En estos tiempos de verborrea democrática donde reina soberano el politically correct, para abordar ciertos temas hay que cuidarse de no salirse del marco de la política y lo intelectualmente aceptado e/u aceptable. ¿Qué significa? Sencillo: hay que tratar determinados temas repitiendo siempre una o dos interpretaciones que todo mundo entiende/acepta/comparte.Veamos ahora de llamar las cosas por su nombre, sin anteojos ideológicos.

Las maras son más que un fenómeno social y un problema de seguridad pública. Las maras son un cáncer sociopolítico regado a lo largo y ancho de El Salvador y ha llegado a un avanzado estado de metástasis. Una situación tan grave y crítica que es muy difícil pensar poder curar el tumor con terapias que no sean invasivas.

Las pandillas no son sencillamente un aproximado de 200 mil miembros que actúan contra la ley; constituyen una sociedad dentro la sociedad, un poder que desafía la autoridad del Estado, grupos de personas que ha secuestrado a la mayoría de los salvadoreños su seguridad, su libertad y todos sus derechos de ciudadanos.

La mara es un microcosmo, no es una simple asociación de delincuentes. Cada pandillero es antes un hijo, un padre, un esposo, un novio, un tío, un cuñado, un sobrino, un nieto. Creer que su familia y allegados lo aíslen o lo rechacen por ser un criminal es un pía ilusión. Viven con él y quizás muchos hasta viven de él, de su “actividad”. Se preocupan porque los enemigos, la otra pandilla y la policía, no le hagan daño. Temen de gobiernos que puedan adoptar medidas duras contra él y sus camaradas. Viven preocupados no por la violencia que perpetra contra los demás sino por la podría padecer sobre sí mismo.

El marero no está solo: sus allegados y familiares, en el mejor de los casos, asisten juntos a iglesias, Ong’s, universidades nacionales y extranjeras más una infinita plétora de intelectuales de formación marxista, paramarxista o criptomarxista, la mejor defensa a la cual pueda abogar. La lectura que esparce la izquierda y que ha sembrado tan bien hasta en los más profundos pliegues de la sociedad es extremadamente sencilla. El conjunto económico donde vive el pandillero es el mercado capitalista, el dinero es el único fin al cual hay que aspirar, los ricos dominan así la sociedad que por ende aísla, margina, excluye a los pobres y a todos quienes no encajan en el modelo preestablecido. La pobreza por lo tanto crea al marero.

Ahí viene la palabra mágica, el deus ex machina, que explica todas las desgracias del mundo. Pobreza. Falta de recursos. No money. De tal manera todo delincuente antes de ser victimario es víctima, no es el problema es solo una consecuencia de ello. Por lo tanto el único culpable es el sistema, claramente capitalista. Hay que cambiar el sistema, así resolveremos la plaga de las pandillas. ¿Quién botará dicho sistema? A saber, pero para mientras sus creaturas están justificadas de antemano. 

Esta lógica perversa está a la raíz del pensamiento progresista, que nace en el marxismo y luego por trasmuto génesis anduvo generando partidos de izquierdas de todos matices, ambientalistas, defensores de los derechos de cualquier grupo considere que merece la atención de la política. Tras de ellos llega trotando la caballería de los pastores evangélicos, los sacerdotes católicos, profesores, investigadores y los intelectuales socialmente comprometidos. Todos repitiendo el mismo mantra vez tras vez: maldita pobreza, maldito sistema de mercado. 

Cada grupo propone su alternativa, desde trabajar para construir el reino de Dios sobre la tierra hasta la edificación de un comunismo corregido, distinto a lo que ya hubo y que no brilló por eficacia y resultados. Pero, más que propuestas se parecen a estériles ejercicios dialecticos de minorías que abogan por un cambio pero luego no logran llenar ni una sala de conferencias, imaginémonos una plaza. 

De su parte, el libre mercado y el capitalismo observan divertidos su mejor creación: la democracia, la libertad de soltar palabras a la derecha y a la izquierda sin que nada cambie pero dando la ilusión de que todo puede ser transformado.

Y Los pandilleros siguen tranquilos sus faenas consuetudinarias por el sagrado pan de cada día.