El Sultán

Mientras la política nacional convulsiona entre una izquierda que se rehúsa a ir a su entierro y una derecha zombi que se mueve por simple fuerza de inercia, todo el espacio político queda a merced de un Sultán que hace y deshace a su antojo y, aun peor, se vende como “nuevo y distinto”.

De nuevo, en realidad no hay nada. En un país que es más pequeño de cualquier simple región europea, el número de empresarios es bien reducido. Sin ellos, que sacan el dinero, no existe política. Así, por simple deducción lógica, el nuevo Sultán se apoya sobre las billeteras de empresarios que no son nuevos, sino que han decidido apostar a un caballo que, aparentemente, no tuviera el tufo a viejo que impregna al resto de partidos.

En un mundo cada vez más preocupado por la contaminación, el Sultán demuestra tener la misma inquietud: así que no desprecia el reciclaje. De perros y cerdos de cualquier color. Tiene la suerte de que un pueblo agotado, cansado y sufrido lo escucha y lo venera. Pero sobretodo, un pueblo cultivado por décadas en la mera ignorancia no se pregunta, y quizás ni le importa, quien está detrás del Sultán. A la vista tenemos solo a los “convertidos”. Seguramente no porque fueron iluminados como San Pablo camino a Damasco, sino que deslumbrados por un nuevo chorro de dólares que ARENA y FMLN ya no podían garantizar. Nada nuevo.

¿Tiene enemigos el Sultán? Ninguno. Por el contrario: los que deberían contrastarlo o controlarlo, tocan suavemente a su puerta y se ofrecen de sirvientas o mayordomos. Nunca como hoy la palestra política se parece a un mercado de vacas. Y el Sultán goza, infla el pecho, siente que su narcisismo y egolatría podrían llegar a ser religión de Estado.

Si analizamos de cerca este gobierno parece una monarquía. O mejor, un sultanado. Envuelto en nubarrones negros. Hay figuras siniestras que se mueven bajo los reflectores que iluminan solo al Sultán.  No peligra la democracia simplemente porque nunca la hubo sino solo formalmente.

Peligra la quema de neuronas de las nuevas generaciones de salvadoreños que suman a la abismal ignorancia de su pasado el dar un cheque en blanco a un personaje que promete futuro y, al mismo tiempo, bajo la mesa, remienda vieja chatarra.

Como no tiene oposición política creíble les tocaría a los medios de comunicación vigilar. Pero no saben cómo hacerlo. Desde 1992 supieron ser solo medios de propaganda. Los directores mandan a sus gatos, los periodistas.

El Sultán es sin duda una nueva generación de la política. Pudo aprender de su “mamá”, el FMLN, y de su padre adoptivo, GANA, esquirla enloquecida de ARENA, cómo vender al salvadoreño que todo va a cambiar, sin que nada cambie.

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