Bukele y el nuevo populismo

Los actos del domingo 09 de febrero han dejado tambaleando al país. A Nayib Bukele el tiro le ha salido por la culata. En un acto desesperado, al final, cuando ya todo se estaba saliendo de las manos, ha usado el último recurso: Dios. Desde su campaña PREELECTORAL sus constantes agresiones, pero también sus elogios a la población, han hecho que su popularidad aumente al punto de creerse invencible. Un semidios. Pero vamos contextualizando: El Consejo de Ministros de la República de El Salvador invocó el ordinal 7° del artículo 167 de la Constitución Política de 1983, que literalmente dice: Corresponde al Consejo de Ministros […] “Convocar extraordinariamente a la Asamblea Legislativa, cuando los intereses de la República lo demanden”, con el fin de obligar a los diputados a reunirse en Sesión Plenaria extraordinaria para discutir y aprobar, eventualmente, un financiamiento por $109 millones para la Fase III del Plan “Control Territorial” impulsado por la Presidencia de la República.

La Asamblea Legislativa rechazó categóricamente esta convocatoria alegando, principalmente, la independencia de los Órganos del Estado; personalmente los Diputados han opinado que es un acto de despotismo y autoritarismo por parte del Presidente Bukele, quien ante la negativa de sesionar ha realizado actos que parecen, inclusive, de revanchismo político (como el retiro de los cuerpos de agentes de Protección a Personalidades Importantes -PPI- que resguardan a los legisladores, la convocatoria a reunirse “al Pueblo salvadoreño” frente a la entrada de los diputados el domingo 09 de febrero en la Asamblea Legislativa, e invocar el artículo 87 Cn. a manera de amenaza pues este reconoce el derecho a la Insurrección).

Hasta aquí todo se puede interpretar como una lucha de poderes. Por un lado, la Asamblea Legislativa que durante meses ha bloqueado recursos al Ejecutivo, lo cual a todas luces parece ser una estrategia de sometimiento. Una forma de decir: “Si no te arrodillas a nosotros te vamos a sofocar”; y por el otro lado está Bukele, quien tiene estrategias comunicacionales lo suficientemente fuertes como para mover la opinión pública en un sentido o en otro, lo cual hace ver mal a cualquiera que se le oponga.

Ahora bien, el populismo es una técnica que se está utilizando en política desde finales del siglo XIX, y es un mecanismo de manipulación psicológica con el único fin de llegar al poder para servirse de él; un estilo de gobernar a través de un régimen autoritario (no totalitario) que es enemigo acérrimo de la crítica, y mucho más de la autocrítica. En este sentido podemos definir que el estilo de gobierno del presidente Bukele queda muy bien enmarcado en este concepto. ¿Por qué? Notemos un primer rasgo: Pone en el centro de su discurso la figura del pueblo, tratando de elevar en ellos su concepto de la patria y la nación por sobre los intereses y el desarrollo personal o individual. El nacionalismo es una estrategia que los populistas ocupan para inyectar a la gente de ideas a favor de sus proyectos, y será esta la moneda de cambio para la realización de sus actividades.

Por otro lado, cabe preguntarse si los diputados debían o no presentarse a la Asamblea para la plenaria convocada de manera extraordinaria por el Consejo de Ministros. Según nuestro ordenamiento jurídico sí. Los diputados alegaron, incluso oficialmente a través de un comunicado, que “no basta la simple invocación de la seguridad para habilitar el ejercicio de una potestad en observancia del principio de separación de poderes que debe utilizarse de modo excepcional debidamente motivada y sobre todo ante concurrencia de reales circunstancias fácticas que acrediten el interés de la República”. Lo que dicen es lo que los diputados han estado repitiendo durante innumerables veces: no hay un estado de emergencia, calamidad pública, excepción, u otra condición “fáctica” que amerite la convocatoria. Esta visión es bastante sesgada pues el Art. 167 ordinal 7° no menciona ningún prerequisito para que la convocatoria tenga efecto, más que la única excepción de “cuando los intereses de la República lo demanden”, lo cual es una idea subjetiva, pues los intereses de la República no son los mismos dependiendo de los ojos con que se mire. Por otro lado, es importante mencionar que el Art. 64 numeral 2 del Reglamento Interno de la Asamblea Legislativa es claro en reconocer en su segunda parte que “También, será sesión extraordinaria la que se realice por convocatoria del Consejo de Ministros, de conformidad con lo dispuesto en el numeral 7 del artículo 167 de la Constitución”, sin poner ninguna otra limitante. Además, no debe olvidarse que por definición este tipo de sesiones tiene la finalidad de tratar uno o varios temas específicos, y no necesariamente temas de agenda regular, pues para eso están las sesiones ordinarias. Un ejemplo claro de que la motivación no tiene que ser, necesariamente, por emergencia es la Sesión Plenaria Extraordinaria convocada el día de viernes 07 de febrero por el presidente Ponce, así como cualquier otra sesión extraordinaria que el pleno realiza durante todo el año, todos los años. Solo en el presente año ya van cinco sesiones extraordinarias para tratar temas que no son “por emergencia, calamidad pública o excepción”.

Lo anterior no quiere decir que San Bukele tenga razón con los actos que está haciendo. A decir verdad, no es posible coaccionar de esta manera a un Órgano independiente del Estado. Aun cuando los diputados hubiesen sesionado extraordinariamente el domingo, no están obligados a aprobar los fondos que está solicitando la presidencia. El tono público que Bukele toma es agresivo, aun cuando oficialmente los procesos se puedan llevar de forma normal. Esta truculenta forma de hacer política parece ser heredada de Trump: “Te voy a hundir mediáticamente si no haces lo que yo te pido”, y esto tiene sus riesgos. Los principales rasgos del populismo son: autoridad paternal, con el cual hacen lavado cerebral de correligionarios, y esto hace que se dé una conexión directa con el pueblo, aun cuando en el caso de Bukele no provenga de la clase trabajadora; acciones al margen de la ley y represión de los enemigos, lo cual se está viendo ahora mismo y que de hecho es uno de los primeros actos; y finalmente, intolerancia hacia la crítica tanto interna como externa.

Pero todo iba bien hasta que Dios le habló al presidente. A mi esto me hizo recordar a Maduro y el pajarito de Chávez.

Los actos de intimidación y de amenaza a los diputados por parte del presidente Bukele se están saliendo de control, incluso por poco y se salen de su propio control. Este señor confía demasiado en su popularidad y en sus capacidades orales. En la confianza que la gente pueda tener en él. Los actos del domingo 09 de febrero son peligrosos. Fuera de su normal pataleta, el presidente Bukele ha convocado a su militancia frente a la Asamblea Legislativa para ejercer, hasta cierto punto, presión. Hasta aquí todo bien. No obstante, ha estado la mitad de la semana instigando y provocando a la población en contra de los diputados, y sugiriendo de manera casi directa la insurrección. Paralelamente, Walter Araujo, operador social del presidente, sí ha estado provocando a la población y no ha estado sugiriendo sino alentado directamente a la población para insurrectarse, entrar a la Asamblea y sacar a todas las “ratas” para convocar a elecciones legislativas de inmediato. Esta es la manera en que el gobierno de Bukele maneja las cosas: por un lado el presidente comienza algunas sugerencias (incluso a veces tácitas) durante sus conferencias de prensa, reuniones de consejo públicas, o transmisiones a través de redes; paralelamente, sus operadores sociales se dedican a provocar a la población a través de transmisiones en estos mismos medios, desde programas tipo editorial, canciones, fakenews, videos de humor, youtubers que se dedican a polemizar cómicamente (e incluso burlescamente), y una horda de lo que hoy día se le llaman “troles” que no son otra cosa que personas que se dedican a comentar (desde una o varias cuentas) a través de redes sociales las publicaciones que sean a favor o en contra de las acciones presidenciales para generar eco y mover opiniones. Para no desviarnos del tema, este asunto será tratado en un próximo artículo. Lo importante ahora es lo que está pasando a nivel político. El populista puede prometer muchas cosas, pero cuando no puede entregar esas cosas porque hay resistencia en la Asamblea, puede echarle la culpa a esa asamblea y él queda como el héroe y el bueno del cuento. ¿Dudas de que Bukele es un populista? Pero esto no es lo peor: es un populista indefinido. Juega a dos bandos. Se opone a la democracia de partidos, pero sus alternativas nunca llegan a madurar. Incluso ni siquiera las divulga, a veces hace pensar que ni siquiera las tiene.

Este tipo de actuaciones ahora me hace pensar tal como ya lo ha mencionado mi amigo Paolo Zanoni: bien puede ser el reflejo de que el modelo democrático actual se está quedando obsoleto para darle solución a los problemas actuales que se requiere resolver. El único componente positivo que tiene el populismo es dar a conocer que hay un llamado de atención por parte de los ciudadanos. Estos movimientos hablan claro sobre los problemas reales de las naciones, lo cual resulta saludable para la gobernanza política de las naciones, no obstante, al llegar al poder suelen desbalancear la economía a través de prácticas autoritarias. Si que pueden servir para despertar a la élite y hacerles ver que hay problemas de los que hay que hacerse cargo, pero cuando llegan al poder regularmente se olvidan de hacerlo. Van aprobando leyes que les dan cada vez más poder, mermando la del resto de órganos de gobierno, y finalmente terminan promoviendo cambios constitucionales muy fuertes. Esperemos no sea el caso.

Un populista divide a la sociedad por el odio, en las cuales hay un lado que es la víctima y el otro es el nido de ratas que hay que sacar del poder, y a cambio su líder mesiánico los va a sacar de la pobreza. Es decir, hacen creer que todos sus correligionarios son los que tiene la razón y van por el rumbo correcto, y todos los demás están equivocados, y por lo tanto están en una relación de antagonismo. No hay populismo sin líderes carismáticos que se creen todopoderosos.

El triunfo de Bukele ha comprobado que el carisma envolvente es más efectivo para ganar adeptos y votos que el presentar lógicas económicas, planes de reestructuración. El sentido del humor comprobó ser más demandado que el sentido común. Los catos de intolerancia más aceptados que la razón. Pero por ahora, al menos en el caso de nos ocupaba, aun no ha ganado. Los actos de provocación que está cometiendo con el pueblo (a la insurrección) son actos de quien quiere presionar. No necesariamente tiene esta idea. Pero es peligroso. Se puede salir de control. Casi se le sale de control.

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