LOS MUCHACHOS

La primera pregunta que creo les surge a muchos ciudadanos es: “¿A dónde están?”

Hace pocos meses estaban en todos lados. La jaina y los menores rentaban. Colonias que eran como territorio de ellos con el silencio de los que ahí vivían. Una cora para entrar con el carro: ahí va la cora. Un dólar por lo compañeros presos: ahí va el dólar. Si en la colonia había una tienda una cora, un dólar, y nosotros cuidamos su seguridad. De paso unas recargas para el móvil, sonriendo sin amenazar. Hay que cuidarnos entre nosotros. Murió un vato: tocar puerta por puerta para pedir colaboración. Fue un documental al límite de la indecencia: “La Vida Loca”. Un documental tan ingenuo que hizo ver todo esto buscándole el lado bueno, aceptable, justificable, explicable. Paz al alma que pagó con su vida. Hizo trabajo notable, visualmente.  Probablemente un buen director. ¿Dónde está ahora? Bajo la tierra donde sus “actores amigos” entierran a los demás. Solo esto saben hacer. Pero cuidado al emitir juicios: no es culpa de ellos, es de la sociedad que los excluye, los condena, de la misma historia del país, de la violencia, de la migración… tienen una serie de excusas y explicaciones que hasta podríamos ponerlos a dar clase en las universidades. Y estoy seguro que hay universidades que hasta le abrieran las puertas.

Dicho esto, que tendría que ser de conocimiento de todos, y dejando atrás las payasadas de los anteriores gobiernos, hoy, hablando con la gente, muchos dicen que los muchachos ya desaparecieron, no molestan ni nada. Sin duda es una noticia alentadora. Hasta del centro Histórico parecen haber desaparecidos.

Pero uno, que no mucho confía, se pregunta: ¿A dónde desaparecieron? Estamos hablando de, por lo menos, 200 mil pseudopersonas. Cada uno tiene o mujeres o novias, mamá, tíos, tías, primos, amigos, es decir, por lo menos, otros 150 mil pseudopersonas que vivían, dominan, pagaban (chiste) alquiler, se vestían, se divertían, etcétera, con el dinero que sus parientes negocian de las tiendas, de los buses, de los micros. De repente, llega el turco, y todas estas pseudopersonas desaparecen. O, por lo menos, se reducen drásticamente. Pero resultan vivos en sus casas, se visten y calzan, como siempre, bueno zapatos. Pero joden menos, matan menos, parecen “calmados”.  Yo soy católico, y a medias creo en los milagros, pero aquí vamos más allá. Políticos y milagros son mundos opuestos.

Si yo soy un político de un país algo subdesarrollado necesito vender mi tierra de forma positiva porque necesito inversiones y ayudas. Si los inversionistas ven y leen que en mi terruño cortan la gente como si fueran reces, secuestran, piden renta, controlan (con AK47 en las manos) parte del territorio… quien quería invertir huye. Con santa razón. Pero como yo soy un presidente listo, y no puedo desencadenar una guerra contra tan grande parte de mi población, opto por comprarla. Le doy y le prometo un rio de dinero. Claro, a cambio, pido una criminalidad limitada, tolerable.

Y ni soy original en tal idea. Ya lo intentó un gran periodista que no estuvo a la altura de ser Presidente. Pero yo que me creo más inteligente lo voy a lograr.

¿Alguien está pagando las Maras? ¿Alguien tiene las Maras relativamente tranquilla a cambio de algo? ¿Alguien aprendió de los errores de Don Funes y está armando la nueva fachada de El Salvador? Jamás he dicho esto. Soy malo en matemática, pero aprendí que 2 más 2 son 4, y con esto me quedo.

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