FEMINISMO

El Salvador es, y ha sido, una sociedad tremendamente machista. Y si alguien de familia de poder, de alcurnia, de profunda fe católica, con una racha de respetabilidad, de renombre, de linaje hispano-italo-turco-judeo-alemán-inglés que les encantan pavonear sus genes para diferenciarse de los plebeyos, creen que el machismo jamás fue parte de su cultura se auto engañan.

Por otro lado, entre las clases más pobres tal postura era más marcada y, lastimosamente, más violenta. La ley del machete sigue sobreviviendo. Escuela, cultura, televisión intentaron modificar esta “naturaleza”. Sobre todo, después de la guerra civil (¿Saben que hubo una?). Y se dieron algunos resultados. Muchas veces contradictorios. Empezó la migración. Los abusadores se fueron a los Estados, dejando el machete listo para el siguiente acompaño de la ex mujer.

La democracia, después del 1992, abre pequeñas brechas. El FMLN, donde las mujeres tenían importancia, entran en la asamblea. La mujer finalmente aparece. El tiempo pasa. La democracia se desarrolla y crea logros (y también futuros monstruos). Con la ayuda, e imposición de los organismos internacionales, se impone (¿Quieres ayuda económica?) que una forma criptica, medio escondida, jugada sobre el filo de un pasado que hay que vengar, las mujeres entran en las instituciones. Hasta aquí nada malo. Todo lo contrario, quizás, justo. Solo que a través de ellas y de hombres que se sienten a ellas afines, inician una subterránea revolución sexual. Resabio distorsionado, deforme de la revolución que en Europa se hizo en el 1968. Feminismo, marxismo y resentimientos se unen. Una bomba. En lugar de usar la educación, empieza la guerra de ideas, en triunfo de la venganza. Año tras año cambian las leyes. Y hasta los machitos la deben votar porque Bruselas y Nueva York vigilan. Con el tiempo nacen asociaciones de lesbianas, de trans, de homosexuales. Defendidas por las nuevas feministas. Los gobiernos conservadores se oponían. Apoyados por la iglesia católica y la evangélica. Mientras la primera, entre mil discusiones, intentaba cambiar, la otra, que parecía salida del Viejo Testamento, imponía pañuelos, faldas hasta los zapatos y una vestimenta que creo que ni en la Palestina de hace 2000 años usaban. ¿Pero, qué hacer? Libertad.

Fuera de estos casos patológicos, hay miles de mujeres que han estudiado, buenas profesionales que están ocupando el Estado. Más que todo si están en el sistema de justicia. Ya no importa si uno es el abusador. Detalle: Es hombre, y es abusador por naturaleza.  Ni hay debate. Yo, Carmen, me despierto en la mañana de malas pulgas. Llamo el 911. Mi compañero, esposo o lo que sea, abusa de mí. Media hora y llegan los de la PNC. Te sacan de la casa. Casi ni te dicen cuál es tu acusación. Te tratan como si fueras el primo del Chapo Guzmán. Y debes callarte. Porque más hablas y más se acerca la bartolina. A los tres días se enfrenta con una “juzgadora” que claramente es mujer. La acusadora acompañada de un legal, que es mujer (y a saber de qué asociación sale… pero por inducción).  Es hombre el acusado. Le dan tres minutos para defenderse, pero la “juzgadora” le hace entender que no le cree. En un Estado de Derecho es quien acusa que debe demonstrar la culpabilidad del acusado y no el acusado el que debe demostrar su inocencia. se llama Presunción de Inocencia. Lo contrario funcionaba en las dictaduras.

Volveré sobre el discurso. Mujeres empoderadas. Lógico, no todas son iguales. Pero es preocupante que más pasa el tiempo y más se repitan los patrones.

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