Democracia para América Latina: como dar Perlas a los Cerdos

La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes. – Winston Churchill

 Esta es seguramente una de las frases más famosas del Primer Ministro que dirigió el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un ferviente antinazi y un visceral anticomunista, cualidades que le otorgaron la admiración de todos los liberales y demócratas del mundo. 

Han pasado más de 70 años de que esas palabras fueron pronunciadas y quizás valdría la pena analizarlas a la luz de la modernidad quitándoles ese manto de santidad que se le confirió por más de medio siglo. 

Enfocamonos sobre América Latina. Han pasado casi tres décadas desde que los militares salieron de las casas presidenciales y de los ministerios y volvieron a los cuarteles. Los civiles, pero pocas veces civilizados, se apoderaron del mando del Estado por medio de elecciones. Entramos en la era de la democracia. Un hombre, un voto. Así, casi de la noche a la mañana pueblos enteros fueron a hacer lo que casi nunca le fue permitido: elegir a quien tenía que representarlos.

Los protagonistas de este épico cambio, pensadores, políticos, filósofos incomodaron a todos los mejores y más destacados teóricos de la democracia para festejar un porvenir de progreso y bienestar: Locke, Aristóteles, Abraham Lincoln, Tocqueville solo por nombrar algunos.  

Han pasado tres décadas, casi. En El Salvador, como en casi todo el continente, los partidos políticos han perfeccionado sus mecanismos de desarrollo democrático. Los votos se logran con cancioncitas pegajosas, promesas demenciales, bombardeo publicitarios, distorsionando el uso de los medios de comunicación. Y por si todo esto no es suficiente, se compran: dinero, promesas de un puesto seguro en la administración pública; a veces es suficiente un combo de hamburguesas, uno de Pollo Campero o un par de láminas para reforzar el techo. 

Los partidos que no tienen los recursos (económicos) para atraer el votante, juegan al rol de oposición esperando siempre que el ganador les ofrezca un huesito, un poco de sobra a cambio del apoyo para hacer pasar alguna ley-canallada. Estamos en democracia, la hora de compartir el pastel. Es la época de la tolerancia: antes unos pocos uniformados se robaban todo lo que le pasaba bajo la nariz mientras encarcelaban a los opositores. Hoy los que participan del saqueo público son un sinfín de funcionarios, pero muy altruistas: hay que dejar algo también a los demás organismos políticos. Saben que a la siguiente vuelta electoral podrían invertirse los papeles. Pero a la mesa hay que añadir más sillas. También al crimen organizado (Maras aquí, Paramilitares y Farc en Colombia, Zeta y Carteles en México, etc.) le toca su parte. Porque democracia es participación, pluralismo. 

Gran logro la democracia. A principio de 1700 la defendía a capa y espada uno de los más notables filósofos europeos, el suizo Jean Jaques Rousseau. Pero hablaba desde la Republica de Ginebra donde las personas votaban en la plaza principal levantando las manos. La mayoría de ellos eran personas instruidas, civilizadas, educadas, con un fuerte sentido de la comunidad, del respeto, de la cooperación y del bien común. ¿Hoy existe algún lugar de Latinoamérica donde los que van a emitir sufragio reúnen, por los menos, la mitad de estas cualidades?

Lo que está a la vista, de quienes quieren ver, es que democracia y sociedades latinoamericanas son mundos opuestos y no conciliables. Como agua y aceite. Miremos a El Salvador: la política nacional es una tarima donde un grupo de partidos escenifica un miserable circo de cotidiana inutilidad. Muchos pensadores/intelectuales indignados apuntan el dedo hacia los mismos partidos, responsables de tal desastre. Demasiado simple, demasiado fácil. Acá, como en cualquier lugar del mundo, los políticos y sus instituciones son el reflejo de la sociedad, una creación de ella, una deformación moral e intelectual que los ciudadanos mismos validan días tras día por medio de su conformismo, de su manera de ser desfachadamente indolentes y apáticos, de su voto. Porque un circo sin espectadores que aplaudan, vitorean, silban, se enojen o festejen no podría continuar. Cerraría.

“Pero las encuestas dicen que la mayoría de los ciudadanos no cree en los partidos políticos, no confía”, alguien podría afirmar. Es cierto, la gran parte de la población hasta critica el sistema… ¿Pero cómo? Con unas llamadas telefónicas a los programas televisivos o radiales, atiborrando las redes sociales con posts de dudosa coherencia y con una gramática de primer grado. Simplemente despotricando insultos o lloriqueando en los medios de comunicación, gloriosas columnas de nuestra fantasmal democracia. El malestar ciudadano contra el poder y la política llega hasta ahí. Un vacío palabrerío estéril, como el de los políticos adentro de los parlamentos. Castillos de discursos, de razonamientos (¿?), de pseudo ideas que al final logran parir la nada elevada al cubo. Un simple ejercicio de la lengua y de la mandíbula. 

No obstante, para muchos “iluminados” también todo esto es democracia. Quizás sea cierto, pero igualmente indiscutible es que soltar palabras en libertad no sirve para cambiar el rumbo desastroso de nuestros sistemas sociales y políticos. Peor, acaban consolidando y validando el poder que dicen despreciar pero al cual terminan siempre doblegándose. Ya no son ni ciudadanos, son simples súbditos de una tiranía incompetente e ineficaz. Son burros que patean furiosamente, pero sin golpear a nadie, y que al final agachan siempre la cabeza. No merecen ni el título de ciudadano, porque esta es una cualidad que es ganada. 

Para mientras los políticos viven despreocupados, se sienten tranquilos en sus edificios ministeriales, saben que si bien el pueblo parece alterado, o hasta enojado, es como perro que mucho ladra pero seguro no muerde. Le faltan dientes, y coraje. 

Luego llegará el día de las elecciones y los profesionales de la política se pondrán el traje bueno, los zapatos para el culto, sumirán la barriga, unos medio se estirarán la cara, sonreirán con ojos bondadosos y se alistarán a pararse sobre la tarima del circo. Distribuirán dulcesqñ, algún billete, estrecharán manos (las que consideran no demasiado sucias) y jurarán que lucharán para la democracia.

Esta promesa es la lápida que cubre toda esperanza de cambio. Pero hay algo en que la democracia es coherente y honesta: es el medio que demuestra que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Porque lo votó.

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